
El fin de la violencia política gubernamental, el establecimiento de la tolerancia y la libertad de expresión como valores centrales, conquistados en la guerra civil que padeció el país en los años ochenta, han hecho posible que ahora el Frente Farabundo Martí (FMLN) haya ganado las elecciones y que Arena haya aceptado sin vacilar su derrota por un escaso margen. Esto disipa el fantasma autoritario de la derecha salvadoreña. Se le pueden cuestionar a Arena sus políticas económicas, su egoísmo social o su politiquería polarizante, pero es, sin duda, un partido democrático.
Contrariamente, hay razones evidentes para dudar de que el FMLN sea un partido democrático y para creer que es una fuerza política violenta, intransigente e intolerante. Esto lo sustentan hechos, documentos oficiales, declaraciones y el alineamiento abierto del partido con el modelo cubano y bolivariano. Ese alineamiento le ha permitido al FMLN ser el único partido político latinoamericano que ha ganado decenas de millones de dólares vendiendo diésel mediante un acuerdo con Chávez. En 14 años, vía numerosas escisiones y expulsiones, el Frente pasó de ser una alianza de centro-izquierda a ser controlado por el partido comunista.
En El Salvador la derecha no hizo una campaña de miedo, simplemente manifestó un miedo real, sustentado en las expropiaciones venezolanas, en el fraude nicaragüense y en las acciones de los grupos violentos del propio FMLN, que amenazaban con incendiar el país si perdían.

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